En una de las muchas visitas que hice al Museo de Navarra en 2021, en plena pandemia, durante el proceso de preparación de la acción plástica Sueñario. Mi noche en el museo, en la que pernocté en el museo, me tumbé junto a Menhir 2 (1994–1995), de Elena Asins, una escultura construida en chapa de hierro y pintura. 

Buscaba relacionarme con algunas de las obras del museo desde una aproximación diferente a la visual, dejándome llevar por una intuición, no del todo consciente, que me permitiera percibir si podían acogerme, si eran lugares junto a los que podría dormir. Un espacio de protección, un lugar que velara por mi sueño y pudiera acoger mi cuerpo durante la noche. Así me sentí atraída por la tapa de un sarcófago del siglo XIV, procedente de la ermita de Cataláin y perteneciente a la colección del Museo de Navarra, junto a la que realicé otra acción plástica

Buscaba un lugar donde mi cuerpo pudiera entregarse, aunque fuera parcialmente, a ese particular modo de desaparición que es el dormir. El durmiente deja de estar presente para sí mismo, está  presente, pero en cierto modo y al mismo tiempo está inaccesible. El Menhir horizontal de Elena Asins, me parecía especialmente idóneo para esta experiencia por su condición de piedra que señala un lugar de memoria. 

Comprendí que, aunque el Menhir evocaba una tumba por sus dimensiones, color y, sobre todo, por esa horizontalidad dormida y somnolienta, no era un lugar para dormir. Cada obra exige un régimen corporal distinto, una forma diferente de relación corporal. Me tumbé a su lado y posicioné mi cuerpo a su alrededor, forzándolo a adaptarse al perímetro de la obra. 

La acción estaba también gobernada por la prohibición de no tocar la pieza, respetar la distancia y su intocabilidad como norma impuesta por el museo. Cada giro debía ajustarse a la geometría de la escultura sin invadirla. Al recorrer el perímetro del Menhir, evitaba rozar su superficie. En plena pandemia, todo estaba atravesado por la experiencia del tocar y del no tocar. Hoy puedo leer aquella acción como el señalamiento, quizá inconsciente entonces, de ese momento histórico en el que aprendimos que entre dos cuerpos debía existir un espacio; que tocar podía ser peligroso y que el contacto debía ser suspendido.

Dejé que distintas partes de mi cuerpo aparecieran y desaparecieran alternativamente por cada uno de sus lados, haciendo de cada esquina un punto de aparición y desaparición. Jugué al escondite con la escultura, me plegué a sus ángulos, acepté que su geometría dictara mi recorrido. La escultura ocultaba y revelaba alternativamente mi cabeza, mi torso, mis piernas. La escultura terminó por dibujar mi movimiento. Al aparecer y desaparecer tras sus aristas, convertí la escultura en un mecanismo para ocultarme, en un refugio mínimo.

Durante mi pernocta en el museo de Navarra el 27 de mayo de 2021, volví a repetir la acción junto a la escultura Menhir 2 de Elena Asins, en la oscuridad de la sala.