EL MONSTRUO MENGUANTE / catálogo / texto

"Carta de amor" en la exposición El Monstruo Menguante

 

Condensaciones del misterio en pintura, en dientes, en madera, en carne, en plancha de hierro, en piedra, en montañas, en hueso, en estrellas.[1]

I

Hace dos años pensamos en otorgar forma a la colaboración constante que supone la proximidad de nuestra amistad y la lejanía de nuestros planteamientos plásticos. Lo que hacemos no se parece en nada. Lo que pensamos se elabora de formas diferentes con informaciones distintas y mediante procesos diferentes. Sin embargo, nuestra relación se forjó a partir y siempre alrededor de cierto reconocimiento mutuo de algo que no podemos aprehender del todo y que se manifiesta en nuestras obras particulares. No nos interesa resolver este enigma porque pensamos que es irresoluble. Tampoco nos interesaba un trabajo temático a priori. No quisimos plantearnos un tema concluso del que hablar o alrededor del cual reflexionar, para elaborar conclusiones y cerrar capítulos. Más bien la pregunta constante era: ¿en torno a qué estamos trabajando? ¿de qué estamos hablando cuando hablamos, cuando construimos piezas y dibujos? O mejor y más concretamente: ¿Qué es lo que estamos hablando? Creemos que el lenguaje tiene una cuna mucho más profunda que los discursos y que las narraciones. Y creemos que el arte, en todas sus manifestaciones, es testimonio de ello. Pensamos que es la subversión de los discursos y de las narraciones, el trabajo fundamental al que se entregan la poesía y la ficción, aquello que hace aparecer al lenguaje más allá de los discursos (políticos, sociales, económicos, educativos, etc.) y más allá de las narraciones (míticas, ideales, domésticas, etc.)

Hace dos años nos pusimos a la tarea de testimoniar ese flujo que nos relaciona, que no está ni en las ideas ni en las obras, aunque, sin embargo, no puede representarse fuera de ellas. Un flujo sobre el que no tenemos el control de decisiones consistentes. Nos pusimos a la tarea de otorgar una representación, una forma a ese lazo cómplice que nos une. Algún prejuicio debíamos de tener puesto que decidimos –y esto sí que constituyó un conjunto de condiciones iniciales- alejarnos de cualquier representación que nos pareciera un lugar común o un tópico ya transitado. Nos propusimos no orientarnos hacia conclusiones de formalización y sí avanzar hacia preguntas. Aquellas preguntas inaugurales eran muy interesantes: ¿Serán obras conjuntas? ¿Se disolverá nuestra particularidad en una especie de autoría bicéfala? ¿Dialogarán nuestras obras? ¿Asumiremos nosotras y nuestras obras, contaminaciones, matices una de la otra? ¿Se pondrá en juego cierta reciprocidad? ¿Qué efecto tendrá esto en nuestras producciones? A lo largo de dos años hemos ido persistiendo en estas preguntas y hemos descubierto un asunto fundamental: hablamos de nuestra inquietud y de nuestro deseo. Este es el testimonio de cómo esto es hablado en un entredós: una tira bordada o de encaje que se cose entre dos telas.

Creerme un yo absoluto, con mismidad, con una identidad constante e invariable, me condena a entrar en competencia constante y mortal con mis semejantes. Hay una idea de identidad que se construye con ideas de diferencia -no de particularidad. Si uno se construye frente a otro, si pienso que solo puedo inventar mi vida frente a ti, como frente a un espejo, estoy condenada. Esto me condena a ese si eres tú no soy yo, si soy yo, no eres tú. En definitiva: torres de muertos, países invadidos, disidentes asesinados, niños suicidas. Una especularidad que sólo se detiene con la destrucción.

Cuando me refiero a ti, existe un otro que aún contesta, interfiriendo. Un otro interior. El afecto que siento por ti es la representación -la figuración sentimental- de esa presunta pregunta sobre mi deseo que encuentra un lugar. ¿Quién eres tú? No quiero construirte como mi doble o como mi alter ego. No eres una imagen especular, no eres el espejo que contesta diciéndome quien soy. Y tampoco eres sólo mi semejante – ese interlocutor cómplice que eres.

No quiero entenderte como un medio funcional para mi desarrollo. Tú no eres el espacio donde desplegarme y encontrar la posibilidad de realizar un supuesto yo profundo, en un supuesto espacio de intimidad supuesta. No reclamo una presunta realización de mí misma en este espacio de complicidad entre tú y yo. Tú no eres exactamente el lugar, del que a modo de frontón donde lanzar una pelota, un mensaje, una interlocución, obtengo siempre una respuesta.

Tú eres más bien la voz, la mirada que amplia el mundo, la expresión de un mundo posible. Eres el lugar de los posibles. El tratamiento amplio de los posibles exige su propia afirmación, una capacidad positiva. Tu deseo abre una posibilidad para mí: la de ver el mundo de otra manera y convertirte en coautor de mi obra. A mi marco de ley no le interesan las madrastras ni los yoes.

Nuestra colaboración no es un proceso de imitación, de copia, de hacer como si yo fuera tú. El acceso y captación del otro no se basa en la mímesis, ni en el olvido la renuncia, la muerte de sí mismo (esa ficción de la que no podemos desprendernos). No es pues renunciar (al propio deseo), ni ceder al deseo, ni llegar a un término medio. No es una negociación, ni un compromiso. No somos dos términos que se intercambian.

Recuerdo que una vez le comenté a alguien este proyecto nuestro, esta exposición en la que las obras se presentaran eficazmente como testimonio de una colaboración que va más allá de un mero inventario de ideas comunes, más allá de un cadáver exquisito al estilo de los surrealistas, más allá de una fusión en la que nuestra huella particular (la tuya y la mía) desapareciera. Le hablé de nuestro esfuerzo, de la transmisión común de nuestras indagaciones particulares, sin que estas perdieran su particularidad en las obras de cada una. De nuestra voluntad, esperanza, dirección, tendencia a propiciar la posibilidad de que ellas o alguna de ellas se formalizara como testimonio completo de este esfuerzo. Esta mujer me contestó que eso era imposible porque el proceso de creación artística es solitario y particular, y que algo parecido a aquello de lo que le estaba hablando quizá podría darse en el enamoramiento.

Las grandes cuestiones que nos afectan en nuestra subjetividad más íntima -el amor, la sexualidad y, por qué no, el arte- no concluyen en el yo, sino que disponen del yo, para quebrantarlo, llevarlo más allá de esa auto identidad llamada sí mismo. Pueden ser lugares para la desidentificación, regiones diferentes a la contención y el orden del yo. Constituyen experiencias del límite (y por tanto de la ley y de la subversión). Las ideas ley y límite son su condición positiva.

Cuando trabajo en mis obras estoy sola. Es una soledad muy poblada: de personajes, sueños, fantasmas, monólogos y todos ellos hablan, dialogan. Pero el encuentro real con otro real (un límite como aquello que no puede ser hablado) constituye un acontecimiento de otra naturaleza, algo pasa, un movimiento, una conmoción. Yo no devengo otra, porque yo ya soy otra, soy una especie de alteridad infinita. No trato de franquear ninguna distancia que separe al yo del tú, al sí mismo del otro, que al fin de cuentas sería la destrucción. Trato de reconocer al otro en su propia opacidad e impenetrabilidad, reconocer el enigma del otro en su finitud y vulnerabilidad. Es este reconocimiento de la limitación lo que propicia un encuentro. Es la condición para un espacio social y ético, donde interviene la voz, la escucha, la presencia, la ausencia, el rostro, el cuerpo, la palabra. Se construye otra cosa, un tercer término que no es común para las dos, porque cada una tiene su propia línea de deseo y es afectado de diferente manera. Un bloque no simétrico, un entredós fuera de ambas, que tiene su propia dirección, que nos excede, y es exterior e interior a nosotras. Eso otro que se construye, ese espacio que se crea es la obra de cada una, como testimonio de un encuentro, de una afirmación del límite y de los posibles.

II

Hay una parte de mi deseo, una parte de él, que no se deja impresionar por los espejos, ni se deja impresionar en los espejos. Creo que eso es el deseo, una circulación. Algo que no suspira por las imágenes (las atraviesa, porque es deseo sin imagen); ni se detiene demasiado tiempo en los objetos que lo testimonian, porque no le entretiene, ni le gusta agotarse en los objetos. Deseo asociado a una pregunta, a una duda o a un no saber, o a la invención de un saber de mí. Deseo asociado a la ausencia de certezas, a la vulnerabilidad, al desvalimiento frente a la muerte ¿Es este deseo quién galopa a la muerte, es él quién le hace valer su precio? El deseo está en la obra, en el obrar del arte Aquello que posibilita el darse a ser en el lenguaje, en la poética, en la creación. No hay creación sin deseo.

Pienso en el arte como una parte inexcusable de la vida cotidiana, y como algo con lo que se puede conversar agradablemente trenzando ideas sobre la necesidad poética, con la cesta de la compra, las situaciones políticas, el tiempo y los niños. Porque el debate sobre el arte -el arte mismo- está ahí: enlazado en lo doméstico, iluminando las rutinas, horadándolas, perforando los semblantes, sacudiendo los cimientos de los lugares comunes, animando el alma.

El arte significa la subversión de una censura. Una subversión de aquella censura que ejerzo sobre mis posibilidades para producir invenciones particulares, vivos resortes, riegos para la vida. Una censura auto-impuesta, muchas veces. El arte es aquello que me posibilita usar el lenguaje como impronta de lo particular, usarlo como sello de mi experiencia de los días, de las noches. ¿Darle al lenguaje o darme en el lenguaje?

Hay una parte de mi deseo que sin dejarse atrapar por el espejo, se asoma a él para ver el mundo, un espejo saturado de representaciones e imágenes endurecidas, un paisaje de objetos de consumo que proyectan su propio deseo queriendo usurpar el mío propio. Todos y ningún objeto me sirven; los almaceno, recopilo y clasifico sus imágenes, me apropio de ellos, pero contrariamente a una bulímica-anoréxica los atravieso y los devuelvo transformados, metamorfoseados. Existen sin embargo objetos privilegiados, particulares, que parecen  desdoblados en su interior, divididos entre lo que son y su potencial de ser otra cosa. Esto no es sólo una idea, una operación mental sino una operación de las formas, de las sustancias y los materiales. Abro agujeros, rasgo, para arrancarles un grito, un quejido, un símbolo a los objetos, para aniquilar la fantasmagoría a las imágenes del mundo y hacer circular mi propio deseo. Es el camino inverso al de Warhol, no es convertirse en una máquina ni renunciar al deseo, sino buscar lo imaginario en el objeto, su ilusión, su misterio, transformándolo; romper, herir, ir más allá de su pura visualidad, objetualidad visual, inventar una sombra, un secreto para el objeto donde el deseo y la traza del sujeto pueda circular.

Pienso que pinto lo que me es ajeno, lo que queda fuera. Lo que se filtra por esa permeabilidad inconsciente, esa esponjosidad de los huesos del lenguaje. Está en mí pero hay parte que no absorbo, es ajeno, me perturba, no me pertenece. Lo pinto, lo transformo en otra cosa. Esa es la digestión artística: un mecanismo muy orgánico, una constelación de acontecimientos. No puedo habitar cada parte de este mecanismo de invención por separado porque es él precisamente el que me mantiene unida y no todos sus lugares pueden ser hablados. Pinto lo que me molesta, porque ya está metabolizado y porque es este trasiego de sentir y dar forma, precisamente, lo que transforma. Hago formas y figuras. Busco las formas dividida en un dilema: avanzo hacia un ideal de representación renunciando a él a medida que me aproximo. Esta presencia ideal de lo que me gustaría, es un potente imán imaginario, entrevisto, velado, móvil, cambiante. Es lo que me mantiene encordada con el mundo mientras me abismo en los laberintos de la invención. El mayor misterio es que no hay misterio, pero sí hay oscuridad, reconditez, sensaciones con apariencia de secreto, opacidades, incertidumbre. Trabajo placenteramente, es una forma de extraer placer de esa incertidumbre. Volverla del revés, como si pudiera remediarla, remendarla, remedarla. Volver a lanzarla contra la pared de la realidad, con otro tono. A veces pienso: me separo radicalmente de los leones lanzándome a ellos. Hay que tener cierta confianza en los mecanismos de la creación para hacer esto.

El arte es una potencia de intervalo, una meta ya lograda, donde no cabe otro proyecto que la responsabilización, que no es un proyecto sino un acto. Si es que alguna vez hubo algún itinerario estético esto se corresponde más bien con la exploración del oficio, con la reflexión, la interiorización, la dedicación… y no con la administración de un discurso. Vivir haciendo. Hacer viviendo. Un punto del derecho y un punto del revés.

III

El horror me paraliza. El horror es paralisis de un deseo que no encuentra anclaje. Busco inscribir eso que sabe mi propio cuerpo de sus propias pulsiones. Pero no se trata de proyectar al exterior el desorden que me constituye, sino de restaurarlo simbólicamente, en la representación, en los objetos, en el hacer artístico. No se trata sólamente de canalizar la violencia, sino de elaborarla, hacerla fecunda, productora de vida, eso de lo que obtengo energía, a lo que vuelvo, para tomar de nuevo impulso.

Existe un horror que viene disfrazado de lo fascinante y de la pura seducción, el horror del cuerpo light, sin grasa, sin cuerpo, ingrávido, una idea del cuerpo que no sabe nada de sus pulsiones. El mundo, la realidad, los textos dominantes (publicitarios, científicos, cibernéticos) me son inóspitos, refractarios, no tienen que ver conmigo, no me inscriben, me expulsan, no me hacen un lugar. O me refiero a esa fantasia del mundo como hecho para satisfacer el deseo. La satisfacción aplaca el deseo, no lo moviliza.  El lenguaje, los símbolos, los textos contemporáneos dan la espalda a lo más real del cuerpo y, el horror del cuerpo fragmentado, emerge allí donde se le reprime, descompuesto, corrupto. Un amasijo de carne intolerable. Busco una verdad subjetiva diferente de la este horror paralizante y ese goce siniestros. Busco ese lazo, esa mediación, la conexión, el lazo que pueda integrar el campo imaginario del deseo y el campo real del cuerpo.

La violencia forma parte de todo, de la vida, de la sociedad y su roce me violenta. Tendemos a amortiguarlas, pero también tendemos al goce del espectáculo de la violencia. El relativismo cultural dice algo así como que se puede ser siempre sin violencia, que la violencia es una disfunción o equivocación en el diseño de lo social. Según este pensamiento hay que evitar la violencia a toda costa, a todo coste. Evitar situaciones violentas, frases violentas, miradas violentas, decisiones violentas… La violencia existe porque no todas las fuerzas son iguales. Existen fuerzas cualitativamente distintas: la fuerza de un terremoto, la fuerza del amor, la fuerza de las palabras, el omnipoder de la madre respecto del hijo, la superioridad física del hombre respecto de la mujer, la imposible igualdad en el encuentro sexual. Postular la igualdad no hace desaparecer la violencia, lo real, lo inquietante del cuerpo, simplemente nos hace estar menos preparados para su emergencia inesperada y recurrente.

La dificultadad de inscribir la pulsión como deseo hace proliferar la violencia, las automutilaciones, los cortes reales en el cuerpo, las adicciones, las anorexias, las psicosis, los arcaismo, nacionalismos y sectas.

¿Qué significan las representaciones hiperrealistas de metamorfosis corporales? ¿Y esas automutilaciones que se muestran en algunas obras? ¿Cómo interpretarlas? ¿Son escenas masoquistas? Veo dibujos que son cortes reales, heridas, que presentan el cuerpo en su extrema literalidad orgánica. El propio artista se convierte en el amo cruel, en la ley que escribe cruelmente sobre el propio cuerpo.

Algunas prácticas del arte contemporáneo exploran literalmente los límites del cuerpo, entendido este como un agregado orgánico, para abrirlo, metamorfosearlo: se trata de presentar el cuerpo imaginario hecho carne.  No lo entiendo porque –paradójicamente- cuanto más me acerco al cuerpo menos significado posee, menos legible es, enmudece. Al asomarme a la carne del cuerpo queriendo adivinar su complejidad, su misterio, sus incorporales, más lejos está el cuerpo de ser uno de los lugares del deseo, de la pasión, del sexo.

Pienso que a pesar de todo esto – y nunca sabré si gracias a ello –  el arte sigue aquí. Como experiencia de lo incomunicable y cernimiento de lo imposible. Como ejercicio de libertad.

Busco en mí otras posiciones que vayan más allá de dar testimonio del malestar provocado por la inconsistencia del orden social y el roce constante con las esquinas de su barbarie. Pienso que es lo real, la carne cruda –aquello que no puede hablarse-, la materia que el arte desembrutece, desnaturaliza, trayéndola a la luz de la imaginación y haciendo que entre en el circuito del símbolo. Quiero vestirme. Sé que el arte sumerge lo real en el lenguaje, lo cierne. Puedo sentirlo: mis invenciones cotidianas circulan entre mi cuerpo y mi palabra, imagino que entre tu cuerpo y tu palabra. Cuando trabajo escribo esa circulación. Las obras son sus rastros, sus restos. El arte transforma esa irreductibililidad cruda, en un despliegue de posibilidades. El arte toma la víscera, la casquería humana, aquello de lo que parece imposible hablar y lo sumerge en el lenguaje, solución que hace posible imaginar a los seres humanos como algo más que una masa de órganos.

Me gusta pensar que el arte significa poder vestirme al desnudarme. Que domestica mi carne cruda sin adaptarla, que le enseña a hablar para que diga lo que quiera. Un pudor desvergonzado. Me gusta pensar que esa carne cruda dice de sí ser un filtro. Un filtro donde el pálpito de la sangre toma la palabra para nacer como deseo. Me gusta pensar que ando ocupada en ese ejercicio de metabolizar carne y sintetizar deseo.

Pienso en el cuerpo imaginario. Es un interrogante. Es la carne trascendida, difusa, extensa, propagada. Pienso también que “no habría deseo si el cuerpo no le presta su carne” como dice Galimberti. Convocar a la carne es convocar su soledad, la escena donde se manifiesta la angustia primaria de la existencia. Una zona, indiscernible, común entre el hombre y el animal. Cuanto más nos acercamos a la carne para conocer el más allá del cuerpo, lo real del cuerpo, más opaco se nos manifiesta.

IV

¿Qué es la belleza? Lo bello es lo simbólico. Lo bello es algo indiferente a lo bonito o lo feo. Lo bello es prescindible para el arte pero no para la vida. Lo bello es lo vivificante. Lo bello es el mediador imprescindible para traer sobre el objeto, sobre la imagen, asuntos que resultan de cualquier otra forma intratables: la vida, la muerte, el amor, el sufrimiento…por ejemplo. Lo bello está más cerca de lo simbólico que cualquier otro asunto. Lo bello es el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar. Lo sé porque lo alcanzo en la oscura intimidad de mi trabajo. El arte ha llegado a un extremo en el que sale adelante prescindiendo de la belleza como esa distancia necesaria, y puede hacerlo porque los artistas sustituyen el acto creador por la producción de discurso. Lo bello, la belleza es el velo del horror, lo que le es inmediatamente más próximo.

Escucho ideas que hablan de la imposibilidad de hacer arte después del Holocausto. Algunos afirman que después de la contemplación de semejante barbaridad humana, estos ya no encuentran en las formas bellas suficiente reservorio para crear universos simbólicos útiles para el hombre de este siglo. Dice Imre Kertesz que desde Auschwitz no ha sucedido nada que lo refute. Supongo que la única refutación ejemplar de Auschwitz, consistiría en un hecho de dimensiones parecidas y de signo contrario: Antihorrible. También dice que – en contra de la opinión de Adorno- no solo es que la creación artística sea posible después de Auschwitz, sino que es necesaria. Es más que necesaria: es una responsabilidad ética. La única posible refutación del horror, pasa por la actividad poética.

Y me pregunto: ¿le serviría a un prisionero de Auzwitch las imágenes que produce una mujer en la que se somete a operaciones quirúrgicas para alterar su anatomía según su capricho? ¿De qué le serviría a una mujer de un gueto (cualquier gueto, pasado, presente y futuro) una imagen en la que otra mujer se rodea de carne cruda? ¿Les serviría para seguir viviendo, para no perder del todo su dignidad humana? ¿Les serviría para conservar la confianza en su propia humanidad? ¿Le sirve a quienes han sufrido más o menos horrores en sus vidas, la imagen de un señor que se fotografía suspendido por ganchos que atraviesan su carne? ¿Le serviría para recuperar su confianza en el género humano? ¿Le serviría para buscar dentro de su imaginación recursos para seguir viviendo, para buscar formas de existencia más soportables, para llevar adelante el valor de su propia intimidad, para inscribirse en la cultura y participar en lo social resistiendo y destruyendo la barbarie – tan humana también – que pone en peligro su derecho a vivir?

El arte no puede alejar el horror de sí (forma parte de su materia prima), pero tiene que saber sosegar el dolor que este causa, aliviar mi perplejidad frente a la crueldad más bárbara. Y quizá sea esto lo que da carácter a lo bello. En cualquier labor cuyo fin sea aliviar un dolor, ser bálsamo para un malestar enraizado, distraer compasivamente de un miedo persistente. Allí aparecen virtudes humanas comunes: la perseverancia, la pasión aplicada en ver crecer al otro en sus aspiraciones humanas más bonacibles, la ironía despojada de cinismos, la construcción de formas para hablar del dolor sin traerlo a la conciencia en su plenitud devastadora. Pienso que el arte asume plenamente la responsabilidad simbólica de no escamotear al monstruo.

Para llevar esta tarea adelante es preciso creer en ella, creer en lo simbólico y en su eficacia constitutiva de lo humano como aquella profundidad obscura que alienta las ideas de misterio, esa profundidad hacia la que me vuelvo, para mirar en ella qué es lo que quiero hacer con mi propio dolor, con mi propio malestar.

La violencia existe como una tensión entre fuerzas, pero la agresión, la crueldad son pasos al acto: una fuerza quiere subyugar a la otra. En la agresión siempre hay intención de dañar, es un ataque. Exterminar al disidente. Hacer desaparecer aquello que señala un límite. Borrar las marcas de la diferencia. Totalizar. Quiero hacer algo con las imágenes de los lugares en los que se origina la crueldad. Construir una óptica que me permita trabajar con ello. Un algo que se signifique como subversión de aquello que produce ese malestar. Subversión como socavamiento, interrupción, cortocircuito, vacío, detención de la inercia en la que ese malestar se produce. Agujeros que son lugares: el león en el espejo como un lugar donde me atrevo a mirarme porque sé que no seré devorada. El palo atascado en las fauces del cocodrilo convierte su boca feroz en un suelo y un techo transitables.

El arte no se queda en el territorio de lo íntimo como algo intransmisible, porque en esa intimidad -la del arte, la de la creación – hay una reverberación del lazo humano, del lazo al semejante, como condición necesaria para la vida. Una reverberación que nos hace mirar a la historia, hacia el pasado sin nostalgias, al presente, y hacia lo futuro imaginando lo porvenir. Soy deudora y fruto de los precedentes simbólicos que me acogieron.

El arte contiene un valor de transmisión. Transmisión de saberes y transmisión de una experiencia del mundo. El arte es la representación simbólica -el testimonio- de una experiencia en la que también se busca lo común, un fondo colectivo de experiencia.

El arte trasciende el tiempo y también se ubica en un tiempo concreto, así se muestra la duplicidad de su despliegue temporal. ¿Supone este desdoblamiento, un drama para el arte? ¿Su tragedia? Sin ninguna duda se trata de su esfuerzo. El arte trabaja constantemente en encontrar situaciones de máxima proximidad entre puntos de su diacronía y puntos de su contemporaneidad. Momentos de coincidencia, donde ambos aspectos se transparentan uno sobre otro ¿Cómo conjugar el tiempo de lo íntimo, de aquello de lo que damos testimonio, con este otro tiempo contemporáneo que se manifiesta, en una contemporaneidad donde el deseo encuentra cada vez menos lugares para pasearse?

Para traducir una experiencia compleja es necesario un medio complejo. La alquimia de la creación plástica, pasa forzosamente por la manipulación de aquello que parecía una cuestión cruda, irreducible – pintura, grafito, materia cruda – y el trabajo de transformarla en una representación fuera del cuerpo. Me resulta difícil hablar de esa transformación y es lo de lo más interesante. Se origina en el cuerpo crudo. Entonces busco algo que lo represente, que pueda sufrir por él: busco los materiales y empiezo a moverlos: la tinta, la pluma, el papel, la tela, la espuma, la cera, el calor, el frío, las texturas, las sensaciones, los adjetivos para las sensaciones, las frases para los adjetivos, los nombres, las ideas, las decisiones: quito de allí, pongo aquí, continúo la línea… La forma es excretada por el cuerpo pensante, sensible, desplegado en la complejidad de los efectos que solo él es capaz de producir en un tiempo concreto, en un lugar concreto. Así una vez, y otra vez, y otra vez…

Pienso que no sé qué pensar. Esa incógnita me viste. Hay una porción de mí que circula en forma de ¡¿yo qué sé?! enfadado entre mi piel y la ropa. ¿Qué sé yo? ¿Cómo decirlo? El ser humano es un efecto de su propia estructura, un efecto de su biología. El lenguaje es un efecto también de esta biología en el que el sujeto puede reconocerse como efecto, como ser. Ser humano y lenguaje son, en simultaneidad recíproca. Esta simultaneidad constituye una separación en la que encuentro un lugar para relacionarme con mi cuerpo, y con el tuyo. Pienso que esta separación humanizante hace posible que nos ocupemos en asuntos como: aliviar el sufrimiento y procurarnos vidas algo más amables. Aunque también es en esta distancia donde anidan los asuntos más indeseables, como la omnipotencia y la tiranía.

Cada bomba que explota me hiere un poco. Las de lejos no me alcanzan tanto como las de aquí mismo. También hay palabras bomba y heridas invisibles. Amenazas y persecución. Cajeros quemados, autobuses incendiados y un nacionalismo que se comporta como la iglesia de un tirano xenófobo. El tirano es aquel que no dialectiza. No hace falta llegar a ser gobernante sin legitimidad – o sea: un dictador por la fuerza – para mandar a medida de una voluntad caprichosa. El tirano no se conforma expresando sus deseos en la sofisticación de las palabras, sino que aparece al imponer sus apetitos por la fuerza de sus actos. La tiranía es sinónimo de brutalidad, una cancelación de esa distancia humanizante que hace posible la conciencia. El tirano se pega al cuerpo, reivindica ese espacio como dominio para identificaciones imaginarias. El tirano obra en función de su necesidad de satisfacciones inmediatas para las que los otros son puros objetos. La vida del tirano es un ejercicio de consumición y de consumación de sus impulsos. El tirano funde -de forma lasa – placer y satisfacción. El tirano reivindica el cuerpo como dominio.

La libertad reivindica el cuerpo como parte estructural del ser humano, como lugar originario de esta experiencia. El arte es una experiencia muy cercana a lo real, a aquello que decimos que no existe porque aún no tiene estatuto de realidad, imaginación, idea, fantasía, sentimiento o símbolo, hasta que no es representado. El artista es creador porque hace existir, da existencia. El artista observa lo real, lo crudo. Su trabajo consiste en cernirlo, atraparlo, señalarlo en palabras, en imágenes. Ubicarlo en el lenguaje y ubicar allí el lenguaje. La creación parte del cuerpo crudo, de aquellos lugares de la estructura humana en los que la conciencia es muda, sorda y ciega. La experiencia del arte, los procesos de creación artística se topan con el tirano. Entra en conflicto con él, discute su dominio. Allí donde a la tiranía le interesa la persistencia del silencio o la instalación de un discurso omnipotente, al arte le interesa su exploración en formas, en colores, en palabras. El arte es siempre aventurero en Terra Incógnita. Lo llamado creativo es esto: el trabajo que se opone al del tirano.

Hablo afectada por La Lengua del Tirano. El tirano es una potencialidad que nos habita a todos, y que pugna por convertirnos en tiranos. Quiero cortarme de esa Lengua. A nivel de la pulsion todos somos crueles. Cuando empecé a dibujar contigo hace dos años mis cuadernos se llenaron de decapitaciones y de cortes: lenguas cortadas, cabezas cortadas. Algo que se corta, algo que se construye. Un corte, un límite, una creación. El tiempo que se gasta no es el mismo que el tiempo que se construye. Esta construcción es el vestigio de una plusvalía: la humanización del tiempo, la cultura…La trama de palabras con la que tejer lienzos para abrigarnos, para mantas, para pinturas. Todos los días el tiempo que se construye en una hora es mucho mayor que una hora. En eso estoy cuando dibujo, construyendo o inventando cualquier cosa. La creación artística es una metáfora del vivir. Es ese mismo suceso explorado en el laboratorio de lo simbólico. Hablar y crear no es algo natural como el latido de un corazón o el sol saliendo por la mañana. Crear es el hacer cotidiano – efecto y causa- de mi humanidad. La importancia de la creación simbólica reside y se explica en ese hacer cotidiano. Hay cientos y cientos de momentos en los que ese suceso llamado creación se manifiesta. Cada vez que hablo esforzándome por poner palabras a una experiencia particular; cuando charlo interrogándome sobre los tópicos sociales, aportando nuevas posibilidades de interpretación de los sucesos, inventando ideas, ironizando; cada vez que utilizo los recursos a mi alcance para dar forma a un sentir vago: al vestirme, al poner la mesa, cocinar, ordenar objetos, saludar en el ascensor, seleccionar una música, elegir un trabajo, elegir cómo hacer ese trabajo…; cuando varío mi forma de hacer y decir habituales, apostando por perder algo ante la posibilidad de ganar algo; al inventar una frase para aproximarme a un desconocido, al decidir en qué y cómo gastar mi tiempo, en mis formas de relación. Hasta comprando el pan, invento, creamos algo.

La creación simbólica –el trabajo del arte- se apoya en todos estos sucesos. Me doy cuenta de que tiendo a creer que son sucesos naturales. Doy por hecho que mi cotidianidad es algo dado, parecido a la respiración o al funcionamiento del par de piernas que me soportan. El colapso de la cotidianidad hace que tome conciencia de que no existe un estatus quo universal, ni suficientemente estable como para dar por hecha mi circunstancia: la enfermedad, el sufrimiento moral, las catástrofes. Las representaciones de la malignidad: la tiranía, el asesinato, el asedio, la extorsión… así como las representaciones de la muerte, hacen que vuelva la mirada hacia el valor de mi cotidianidad y saboreo la creación de mi circunstancia como un espacio de expresión de la intimidad radical en la que puedo reinventarme cada día.

La creación simbólica, el arte, es el escenario para la representación del ejercicio y de los efectos de este potencial, donde encuentro los rasgos fundamentales de mi vida en común fuera de los lugares comunes, gracias a la diferencia entre nuestras invenciones particulares. Hay quien dice que todos somos artistas. Yo también lo digo. Lo digo como digo que todos somos electricistas: consciente de que hay que poner los medios y el trabajo para serlo. Un trabajo que consiste en dar forma al suceso que es existir al estilo humano, representando sus mecanismos. El trabajo del arte no compite con otros discursos porque no necesita justificarse como artífice de ampliaciones culturales puesto que es la cultura per sé. La creación simbólica tiene que ser, es un trabajo de regocijo en el deseo, en las ganas de vivir porque se ocupa en la creación de las representaciones necesarias donde puedo reconocer ese deseo sin desentenderme del sufrimiento, sin escamotear los aspectos mas espantosos de la condición humana. Por esto el arte es bálsamo del horror, porque puede acercarse a él, charlar con él y mostrarme ese ejercicio resumido en una forma construida con características peculiares que me ayuden a observar mi propia monstruosidad sin soslayarla, posibilitando así la reflexión sobre ella. Mi trabajo consiste en rescatar de los escombros y los restos de la vida cotidiana, representaciones del deseo capaces de regenerar el pensamiento, orientarlo y empujarlo hacia empresas del mismo signo. Me esfuerzo para no creer mucho en los semblantes, en las apariencias, en las formas dadas, precisamente porque trabajo la forma y sé que la apariencia –la forma- muestra al mismo tiempo que esconde, representa y oculta al mismo tiempo. Sé que la forma es el resultado de un esfuerzo por cernir aquello que no ha sido dicho. El arte es el lugar, el laboratorio de lo simbólico, allí donde observar y trabajar produciendo objetos que son vestigios de ese acontecimiento cotidiano que nos hace humanos: la creación.


[1] Pequeña variación del título del capítulo 57 de Moby Dick de Herman Melville.

Helena González Sáez y Txaro Fontalba, 2007