“La naranja es un cuerpo”

Así responde Dolo Navas cuando se le pregunta por qué las naranjas ocupan un lugar central en su última exposición, Somos piel, presentada en 2025 en la galería Galería Weber-Lutgen de Sevilla y en 2026 en Espacio Alexandra de Santander.

¿Cómo entender esta asociación entre el cuerpo humano y las naranjas? La respuesta no es sencilla, porque no hay nada más misterioso, nada más inaprehensible que el espesor del propio cuerpo. 

Cada sociedad y cada cultura elaboran una respuesta distinta ante este enigma primario. De ahí la multiplicidad de representaciones que buscan dar sentido y valor a este carácter contradictorio e insólito del saber sobre el cuerpo. Como señala David Le Breton: “El cuerpo es una construcción simbólica, no una realidad en sí mismo”. Nunca es un dato puramente natural, sino una construcción social y cultural. Sólo existe plenamente cuando es imaginado, representado y significado culturalmente. 

Dolo Navas piensa el cuerpo a partir de una categoría propia del mundo vegetal. Lo humano se entrelaza así con frutos y plantas, como si el cuerpo obedeciera también a las pulsaciones de lo vegetal. La naranja comparte condiciones materiales y simbólicas con la piel humana. La piel de la naranja funciona como una analogía directa de la piel humana. Su superficie es porosa, vulnerable, sensible al paso del tiempo y al desgaste. También la pulpa y el interior jugoso del fruto evocan la carne, las vísceras y los músculos. Dolo Navas propone una continuidad material en la que plantas, animales y humanos participan de una misma materia en transformación. Las sustancias que constituyen el espesor del cuerpo son las mismas que dan consistencia al mundo natural. Como si existiera un parentesco profundo con la totalidad de lo viviente, una comunidad de materia que establece vínculos de continuidad entre los seres humanos y su entorno. 

El filósofo Emanuele Coccia, a partir de su reflexión sobre las plantas, lleva este modelo vegetal muy lejos. Para Coccia, las plantas hacen habitable el planeta, siendo ellas las que transforman la energía solar en materia viviente y permiten así la existencia de otros seres. Gracias a esta capacidad, las plantas no ocupan un lugar secundario en el mundo, sino que constituyen la condición misma de la vida compartida. Desde esta perspectiva, se rompe la jerarquía clásica que situaba lo humano por encima de lo animal y lo vegetal. 

Atlas humano

La instalación Atlas humano presentada en la Galería Weber-Lutgen, la artista invitó al público a exprimir naranjas y a depositar las dos mitades de su piel dentro de un círculo trazado en el suelo. Con el paso de los días, esas pieles se secaban y transformaban, cambiaban de color, aroma y textura, evocando la diversidad de tonalidades de la piel humana.

Como explica Dolo Navas: “Cada piel de naranja constituye una contribución individual que pasa a formar parte de una obra viva y mutable. Cada gesto deja una huella efímera que participa en la construcción de un mapa colectivo en permanente transformación, reflejo de la vulnerabilidad, la memoria y la condición compartida de lo humano”.

Parece indicar también que existe una intimidad carnal entre lo vegetal y lo humano o más aún, que todos somos carne de la misma carne, independientemente de la especie a la que pertenezcamos.

Vistas de la exposición en Alexandra de Santander.

Dolo Navas presenta un conjunto de dibujos y bordados en los que aparecen referencias a fragmentos del cuerpo, formas bulbosas que evocan partes sexuadas femeninas, pechos que se multiplican, caderas, nalgas y piernas, alejadas de cualquier normalización de los cuerpos. En algunos de ellos deja anotaciones no exentas de humor y desparpajo, como si el gesto íntimo del dibujo encontrara también una forma de ironía y juego. 

Los papeles utilizados pequeños, livianos y delicados no ocultan sus arrugas, marcas ni imperfecciones. “Una cicatriz es una marca que no viene de nacimiento, es una adquisición”, escribió Colette. En los dibujos se ven también las huellas del tiempo; sus superficies recuerdan la pérdida de elasticidad de la piel cuando envejece y se vuelve rugosa, frágil, semejante al papel. 

¿Es a través de esta levedad y ligereza que la artista propone quitar peso y gravedad para poder mirar de otra manera? La levedad es precisión, suspensión, movilidad, permeabilidad. Algo puede ser leve y, sin embargo, profundamente intenso. 

De piel

En la obra De piel, el útero es evocado irónicamente como una bolsa de naranjas. La carga silenciosa de los óvulos se transforma en el peso de las naranjas que deja marcas grabadas sobre el vientre, desestabiliza el bolso haciéndole perder su verticalidad. 

Con el tiempo, las naranjas se secan, se arrugan, pierden tensión y modifican su color. Su superficie evoca esa expresión tan significativa “piel de naranja”, nombre que recibe la alteración de la dermis cuya textura irregular y hundida recuerda la cáscara de los cítricos. En la obra de Dolo Navas, esta idea puede leerse también como una resistencia a la exigencia de un cuerpo perfecto, a los ideales normativos y esclavizantes de la estética corporal.

 La piel, ya sea humana o vegetal, se convierte entonces en una superficie donde el tiempo se inscribe. Cada pliegue, cada arruga, cada cambio de textura o color funciona como una huella temporal. Como la piel humana, la piel de la naranja es memoria, un registro sensible del desgaste, de la transformación y del paso del tiempo. Condensación temporal.

Yo-piel. Somos piel

Es una constante en la obra de Dolo Navas la inclusión del público, la apertura del cuerpo propio hacia una experiencia compartida. En la performance Arrópame, presentada en la Sala CM2 de Vitoria en 1995, la artista aparecía desnuda, implicando al otro en un gesto participativo donde el acto de vestir adquiere un sentido relacional. El vestido no solo como abrigo o cobertura, sino como condición de intersubjetividad, como mediación entre el yo y los demás. 

En trabajos anteriores, Dolo Navas ha abordado la piel como primer soporte del yo, entendido como envoltura, contención y límite psíquico; un espacio donde tacto, afecto y subjetividad se entrelazan. En este sentido, resuena la idea de Didier Anzieu de la piel como primera forma de identidad psíquica, el “yo-piel” que sostiene y organiza la experiencia del sujeto. 

Sin embargo, en este último trabajo Somos piel, la piel aparece desplazada hacia una dimensión más colectiva y relacional. Ya no es únicamente el límite del sujeto, sino una superficie simbólica donde se inscriben imaginarios, ansiedades, miedos, tabúes e ideales de belleza. Una superficie atravesada por experiencias comunes, especialmente aquellas vinculadas a los cuerpos de las mujeres, como son el envejecimiento, la vulnerabilidad y la presión estética.

La piel ha sido históricamente el lugar donde el poder escribe, clasifica y normaliza los cuerpos, pero también el espacio desde el que estos pueden reapropiarse de sí mismos. Es un territorio de proyección cultural, donde se codifican diferencias de género, edad o pertenencia social, y se regulan formas de visibilidad, aceptación y exclusión. La piel es un campo atravesado por mandatos estéticos y políticos y al mismo tiempo un lugar de resistencia, transformación y posibilidad de reescritura del cuerpo y de la identidad. Dolo Navas parece oponerse a la cultura dominante en torno a la madurez femenina, que nos empuja a disfrazarla, negarla o incluso renegar de ella. Como reclamaba Simone de Beauvoir, es necesario “romper la conspiración del silencio”. 

Kappa

La artista confecciona para la exposición en Santander la obra titulada Kappa que consiste en un vestido en forma de capa diseñado y realizado a partir de una tela impresa digitalmente con la imagen de la piel de naranja. La pieza original de tela es de una superficie equivalente a la piel del cuerpo humano, entre 1,5 y 2 metros cuadrados en una persona adulta promedio, estableciendo así una correspondencia directa entre el cuerpo humano y el cuerpo vegetal. 

Que la piel sea el órgano más extenso tiene una importancia decisiva; la piel envuelve, contiene, protege y pone en relación al cuerpo con otros cuerpos y con el mundo. Didier Anzieu escribe que el yo funciona fantasmáticamente como una piel. Imaginamos nuestro psiquismo como algo que tiene una superficie, un límite y una capacidad de contener. A partir de esa envoltura simbólica, el sujeto construye una sensación de unidad psíquica. Para Anzieu, la piel no es solamente un órgano biológico, sino también el primer modelo de la subjetividad.

El vestido del tiempo: Fragilidades suspendidas

En la instalación El vestido del tiempo: Fragilidades suspendidas, un conjunto de medias y pantis femeninos cuelga suspendido con naranjas introducidas en sus extremos y sostenidas en un delicado equilibrio de contrapesos. Con el paso del tiempo, las naranjas envejecen lentamente, se deshidratan, pierden densidad y carga, mientras el tejido elástico se contrae y asciende, reconfigurando continuamente la instalación. 

La obra pone en escena un proceso de transformación donde materia y tiempo actúan mutuamente. Liberarse de un peso, soltar amarras. La sequedad y la fragilidad aparecen junto a la capacidad de adaptación de los materiales, su maleabilidad y plasticidad. En esa oscilación entre tensión y desprendimiento, la pieza parece encarnar la idea de que “la vida es un sistema inestable en el que el equilibrio se pierde y se gana continuamente”, como escribió Simone de Beauvoir. 

La piel deja entonces de ser una frontera fija e inmóvil para convertirse en una superficie permeable, un espacio de intercambio continuo de materias y afectos. El cuerpo ya no se concibe como una unidad estable y autónoma, sino como una realidad abierta, mutable y constantemente atravesada por aquello que le rodea. El cuerpo es metamorfosis permanente; ningún cuerpo es fijo, sino una fase en una cadena de transformaciones. Vivir significa cambiar de forma incesantemente y cada una de nuestras identidades es un momento dentro de un flujo más amplio. 

Dolo Navas se centra precisamente en la piel para pensar un cuerpo sin centro ni órganos dominantes, en resistencia a la imagen del cuerpo fragmentado, jerarquizado y controlado. No se trata de un cuerpo entendido como contenedor, sino como una superficie relacional donde interior y exterior se entrelazan continuamente. Su obra imagina un cuerpo envolvente y difuso, un cuerpo que deviene vegetal, abierto en sus poros, mezclado con el mundo y compartido con él. El cuerpo-piel aparece así como una superficie sensible y relacional, una membrana porosa, vulnerable al tiempo y expuesta al contacto. 

Conocimiento encarnado

“Somos piel” se despliega como una constelación de dibujos que destacan por la utilización de una gama amplísima de colores naranja que irradian vitalidad. Al acercarte a cada pieza percibes el diálogo que Dolo Navas mantiene con el tiempo que transforma las naranjas. Pinta, reproduce o presenta en sus infinitos matices, las huellas del envejecimiento, opacas, terrosas, cercanas a lo fósil y a lo mineral.

Pero el cuerpo sometido a la duración del tiempo no ha olvidado la luz. Como escribe Marina Benjamin en Middlepause: “Hay pérdidas que no terminan de ocurrir, porque el cuerpo sigue recordando lo que fue”. 

En Nagori. La nostalgia de la estación que termina, Ryoko Sekiguchi nombra precisamente ese resto sensible: el rastro que una estación del año deja en el cuerpo, en el gusto, en la memoria. No se trata de una simple nostalgia, sino de la conciencia de que algo ha sido tan intenso que permanece como estela.

Las mandarinas (los mikan japoneses) son casi un emblema de ese tránsito. Aparecen en invierno, pero hacia el final de la estación su sabor cambia, se vuelven más dulces, más frágiles, más cercano a desaparecer. Comer una mandarina tardía es experimentar nagori, es decir no solo su sabor, sino el final del invierno contenido en él.

La experiencia de la pérdida, saber lo que significa envejecer no es una cuestión mental, sino un saber encarnado. Sospecho de todo saber que no atraviese el cuerpo, que no deje marca por dentro y por fuera, en la piel y en las entrañas. El saber se siente en los huesos, en la punta de los dedos o en la lengua. 

El envejecimiento nos golpea en el rostro y altera nuestro sentido de continuidad subjetiva, produciendo una forma de desarraigo psíquico. Deja cicatrices y marcas visibles, abre vacíos en el cuerpo. Transforma la percepción que tenemos de nosotras mismas. ¿Cómo sostener al mismo tiempo el sufrimiento y la alegría, el duelo y la supervivencia? “Tienes que envejecer”, escribe Colette, proponiendo una pausa y una reconfiguración del tiempo vital. Tal vez, cada fase radical de la existencia pueda entenderse como una forma de renacimiento.

Han pasado ya más de treinta años desde que conozco a Dolo Navas. Comparto las mismas preocupaciones generacionales y una amistad basada en las complicidades y en el reconocerse una en la otra. He sido testigo de su trayectoria y he escrito sobre su obra a lo largo de estos años, pese a que escribir siempre me ha costado. Tenemos prácticamente la misma edad y hace tiempo que cruzamos el umbral de la mitad de la vida esperada. Hemos compartido el final de la juventud, las transformaciones y transiciones de nuestros cuerpos, y la experiencia de empezar a envejecer. Existen resonancias entre nuestras obras, en la manera de pensar el cuerpo, la materialidad y los objetos. Su trabajo me sirve para interrogar también mis propias ansiedades y mi dolor, nostalgias, fantasmas y pérdidas que acompañan el paso del tiempo. 

La lección que extraigo es que no deberíamos envejecer solas. “Se necesita una cohorte de iguales con quienes envejecer”, otra vez Colette me reconforta. Se necesita compañerismo, igualdad y sororidad. Mirarnos al rostro y rastrear el hilo que nos conduce a los años en que nos conocimos. Consolarnos reflejándose una en la otra y reconocer aquello que, pese al tiempo, permanece intacto.

Referencias:
https://dolonavas.com/portfolio/somo-piel/
https://espacioalexandra.es/galeria/project/dolo-navas-somos-piel/
https://txarofontalba.com/tag/dolo-navas/

Créditos de las fotografías:
Dolo Navas
Galería Weber-Lutgen
Espacio Alexandra