CONTRA EL ARTE DE LOS JARDINES DE INFANCIA. Pedro Manterola

 

bestiario de amor

Arriba y abajo, elevarse y sepultarse, el cénit y el abismo, no pueden reducirse a las ordenadas del sistema cartesiano sin dejar la piel, naturalmente. Todos los anhelos verticales son metáforas de vida: de emociones, de experiencias, de sentido. La noción que les conviene es la de complejidad “El poder de evocar en mi pensamiento la idea de relaciones” (así define Diderot lo bello), debe alzarse en buca de la unidad que lo satisface todo o precipitarse sin esperanza, y sin reparar siquiera en su contrario, la planitud. El plano es siempre la superficie por dilatdo que sea. La extensión, el tiempo, el cansancio. El espacio de Duchamp, el territorio del niño.

Su fundamento se halla en el juego horizontal, que no tiene desenlace; en los aspectos más inofensivos, más triviales, de la representación. De esta forma, ese juego es esa representación e inversamente. Toda alegoría es juego. Retórica Palabra desanimada y por tanto sin otro final que el agotamiento. (El Cardenal desanimado de Zuloaga).

Pero el niño no juega, parece que juega. (La obsesión protectora desatada en nuestros días por el cuerpo y el alma de los niños, produce un gran desaliento). Lo que admiramos de ellos no es la esperanza que suscitan, ni una posibilidad de regeneración, ni siquiera la vidad, sino el sueño de inocencia y de certeza que nos proporcionan. Los niños pertenecen por entero al reino animal. Al margen de permitirnos el grado más alto en el ejercicio de una responsabilidad patrimonial, nos remontan a orígenes incontaminados. Genios e ingenios. Todo el idealismo romántico vive postrado a sus pies.

El arte del artista que juega alegoriza la ingenuidad del niño. Es la forma que ha adaptado la nostalgia. Cuando disponíamos de un horizonte trascendental, depositábamos en él nuestras culpas. Al precio de la subordinación podíamos participar en la infinitud del león, a veces hasta creíamos alcanzar la melena. El arte era entonces el testimonio de una sumisión encarnizada, la glorificación de ese encarnizamiento. Aquella vida refugiada, rechinando por sus partes más débiles, augura una conspiración. Y, por tanto, glorifica en tanto que conjura. “Desdichado, dice a Ulises “la divina entre las diosas”, ¿es que no quieres ceder ni siquiera a los dioses inmortales?”. Cualquiera que sea la altura, o la profundidad, que alcance aquel encarnizamiento, el arte, aunque se circunscriba a sus aspectos técnicos, sentimentales o conceptuales, glorifica por la magnitud e intensidad del deseo. Su erotismo proverbial desbarata cualquier entretenimiento que el niño se proponga. (Con qué perspicacia Oteiza describe el carácter propedeútico y popular de este período infantil del arte).

El divertimento, la curiosidad, la novedad y el juego, suplen en el discurso de Duchamp, al poético fantasma de Aristóteles. Pero Duchamp no era un niño y mucho menos inocente (tal vez Miró), era un voyeur furtivo, por eso se aburría (el ajedrez que también es un juego de niños, acabó por aburrirle mortalmente). Al fianl de su vida, el denodado esfuerzo, el ingenio y la obstinación que empleó en demostrar la imposibilidad de “decir algo sobre algo” le condujeron a un estado de postración patético, obligado a aceptarlo todo, a reconciliarse con todo.

Es la ciencia lo que resulta del juego, de la extensión combinatoria –brainstorming-, del desarrollo pleno: el arte no. El arte es pasión y muerte (acaso, por eso deba ser confinado en un jardín de infancia), pathos, que la distancia abierta por la representación transforma en placer estético, en conocimiento e impulso moral. ¿Así es todavía?

Hay una mirada que surge del interior de la carne, una palabra desencantada, una sombra desprendida de las profundidades de la conciencia, una espesa pesadumbre sin nombre, tan desconsolada que debe protegerse de la desesperación de la risa. Una sima de sexualidad tan honda y rebosante (se derrama en el plano para el placer de planistas y planeadores), que tiene que ocultarse tras el sarcasmo; una queja tan violenta y amarga, un resentimiento tal, que es preciso sujetar con la ironía. La ironía no es más que un poco de paciencia, una oportunidad para el desero sostenida a duras penas.

Pedro Manterola, 1995